N.º 4 pintor (4ta. parte)

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I

N.º 4 tiene un propósito.

     Lleva una semana firmemente decidido a alcanzarlo. Siete largos días que no están siendo nada fáciles.

     Al pasar frente al gran espejo ovalado se detiene. Se pone de perfil, gira su cabeza y se obliga a observarla.

     ¡Sí, ahí está! Reflejada en la superficie del espejo el motivo de su propósito.

     La oronda curvatura de su tripa parece decirle: «Aquí estoy. ¡Y no te será fácil deshacerte de mí! Porque he venido para quedarme». —

     N.º 4 inhala profundamente y mete la barriga. Mientras aguanta la respiración se observa en el espejo.

     Piensa que ahora sí que se ve muy bien:  Un monstruo colorido y estiloso. Mano en jarras, postura elegante, anchos hombros, cinturita estrecha…

     Pero esto no dura mucho. Su cara va tomando un peligroso color morado, sus ojos se hinchan como globos y parecen querer salirse disparados de su cara.

     Con una fuerte exhalación N.º 4 suelta el aire. Su panza liberada cae y rebota recuperando su curvatura oronda y satisfecha.

     El pobre monstruo hunde los hombros. Se aleja del espejo arrastrando los pies.

     Sabe que tiene poco tiempo. Dentro de tres semanas es la evaluación anual.

     Monstruos a la Carta, S.L. examinará a todos los monstruos de su plantilla. Tendrán que pasar un riguroso examen en donde deben demostrar que son perfectamente aptos para llevar a cabo las misiones encomendadas, proteger a los niños, ayudarles a solucionar sus problemas, pequeños o grandes, acompañarlos en cada proceso…

     El examen es estrictamente necesario. Todos los monstruos de la empresa Monstruos a la Carta, S.L. son monstruos homologados y cumplen perfectamente con los más altos estándares de calidad y eficiencia. Son inteligentes, empáticos, fuertes, rápidos…

     N.º 4 es todo eso. Es superinteligente, … ¡las matemáticas y los acertijos se le dan de fábula! También es de lo más simpático. En cuanto a empatía, nadie le gana.

      A propósito de ‘empatía’: ¿Habéis leído el libro El Monstruo N.º 4?

      También es un monstruo muy fuerte. Y en cuanto a rapidez él también es ráp… Bueno, rápido, rápido lo que se dice rápido no es. Y la causa es su voluminosa panza.

     Antes sí que era muy rápido. Pero desde hace tiempo se ha ido descuidando. Por culpa de las flores. Mejor dicho, la razón es que las flores son la comida favorita de N.º 4 y le resultan irresistibles.

     NOTA: Si esto os parece extraño es porque seguro que no habéis leído el libro El Monstruo N.º 4. Si tenéis curiosidad y queréis saber algo más sobre este particular monstruo id a este enlace en donde os hablo de los personajes de aquella historia.

     Volviendo a lo que os decía: en realidad si vamos a ser rigurosos, la verdadera razón de la existencia de tamaña tripa es la poca fuerza de voluntad de N.º 4.

     Veréis, os decía antes que las flores para él son irresistibles.

     Para colmo el glotón monstruo ha descubierto cerca de la casa de Ágata un ancho prado. Oculto por frondosas adelfas y altos laureles cerezo, en este sitio crecen, exuberantes, miríadas de flores. En el extenso y solitario prado podéis encontrar a la brillante mangaluz, la dulce papayoria, la colorida nectarina del sol de anchos y jugosos pétalos, la tierna cremaluna que abre sus blancas corolas durante la noche, aromatizando el aire, y por supuesto la dulce y exquisita azucarídea que en el verano atrae a miles de coloridas mariposas y a laboriosas abejas. Y no quiero olvidarme de mencionar a las chocolataria tropical que con sus delicados pétalos marrones y su aroma recuerdan a las magdalenas de naranja y chocolate que algunas tardes prepara Rosario.

     ¿Conocéis a Rosario? ¿Y a sus magdalenas de naranja y chocolate? Si me decís que no, ya estamos otra vez: ¡no habéis leído aún el libro El Monstruo N.º 4! Porque en el libro os hablo de Rosario. Y además al final de ese libro podréis encontrar la receta de sus famosas magdalenas con una explicación tan fácil que hasta un niño o niña podría elaborarlas. Bueno, sin ir más lejos vosotros sois niños, con lo cual ya entendéis de lo que hablo.

     Dicho esto, continúo: Desde el momento en que N.º 4 descubrió ese prado se daba sus diarios atracones de flores. Cada día se hacía sus escapadas y volvía con su colorida panza hinchada como un balón de fútbol. Y ya imaginaréis lo que pasó. Con tantas dulces flores ingeridas, con tanto hidrato de carbono consumido y una vida tranquila y sedentaria: mirar películas románticas, pintar paisajes, ya me entendéis… su colorida tripa se fue haciendo cada vez más grande.

     Ahora de cara a la evaluación anual debe prepararse. ¡Tiene que bajar esa barriga!

Cada mañana sale para hacer un poco de ejercicio y ha cambiado su dieta. A partir de ahora nada de flores. ¡Ni una! Solo pepinos o ensaladas. Y por supuesto, cuando sale a correr por las mañanas evita cuidadosamente pasar cerca del prado florido.

     Porque…: ¡Ah, las ricas papayorias, las irresistibles azucarídeas, las aromáticas chocolatarias! ¡Qué tentación!

     Para ayudarlo, Ágata le mostró en internet una escuela de cocina y nutrición para niños deportistas. Una escuela famosa donde enseñan a los niños que hacen deporte como deben alimentarse para estar más fuertes y saludables.

     En esta escuela ha aprendido que la alimentación sana y equilibrada es súper importante.

     Todas esas cosas bullen en la mente del monstruo.

     Mientras atraviesa el pasillo en dirección al patio su mirada vaga por los cuadros colgados a lo largo de las paredes. Distraídamente toma nota: «retrato de familia», «Ágata con dos años», «Ágata y su hermana una tarde en la montaña», «jarrón de cerámica hecho por su madre», «ramo de sabrosas e irresistibles azucenas» … ­­

     ¡¡¿¿¿SABROSAS e IRRESISTIBLES AZUCENAS???!!

     Una alarma sacude su pobre cerebro de monstruo con síndrome de abstinencia.

      Con esfuerzo aparta la mirada y, para distraer su mente de la imagen de esas sabrosas flores, camina concentrado en las blancas baldosas del suelo mientras piensa firmemente en acelgas y pepinos.

     ¡Porque no olvidemos que N.º 4 tiene un propósito!

      Apretando el paso llega al patio.

      Al salir se detiene abruptamente. Frente a él se despliega en todo su colorido (y sabroso, todo hay que decirlo) esplendor el jardín de la madre de Ágata. ¡Un nuevo desafío para el hambriento personaje!

      Pero N.º 4 tiene un truco: Gira en redondo. El florido jardín se desplaza hacia atrás y desaparece de su rango de visión.

      Ahora N.º 4 entra tranquilamente al patio caminando de espaldas. ¡Todo un profesional!

      Sale al patio dando la espalda a los tiestos con flores.

      Ágata está junto a una mesa. Mr. Churchill subido a un taburete la observa.

      ¿Qué estarán haciendo?

      Él es extremadamente curioso.

      Evitando girarse para no ver los parterres rebosantes de coloridas y ¡hay! exquisitas flores, se desplaza de costado con andares de jeroglífico egipcio.

     Se acerca a su amiga.

     La niña ha colocado sobre la mesa una jarra, un antiguo florero vacío y algunas cosas más…

     —Ágata, ¿qué estás haciendo? —pregunta.

     —Estoy preparando un bodegón —responde la niña sin mirarlo.

     Acomoda cuidadosamente una cesta con frutas, pero no da más detalles. Le mira de reojo.

     Sonríe con malicia. Sabe que su amigo es muy curioso.

     Además, está segura de que N.º 4 no tiene ni idea de qué es un bodegón.

     Ninguno de los dos dice nada.

     N. º4 se balancea cambiando su peso de una pierna a otra. Observa intensamente a su amiga trastear.

     —¿Tal vez quieres saber qué es un bodegón? —le pregunta con una media sonrisa.

     —¡Siiiiii! Por favor, ¿me dices que es un bodegón? —N.º 4 está entusiasmado. Al fin algo interesante que le distraerá de flores tentadores y dulces pétalos.

     —Vale. Imagina que una mañana entras en la cocina y encuentras sobre la mesa una cesta con manzanas, una jarra de agua, un trozo de pan, dos magdalenas de chocolate y un florero. Nadie se mueve, nadie habla y nadie intenta escaparse. ¡Perfecto! Ya tienes preparado un bodegón.

     —¡Oh! ¡Una reunión de objetos muy quietos! —exclama

     —¡Exacto! Que es lo que tenemos ahora en esta mesa —. le indica con un amplio gesto.

     —¿Quieres ayudarme a terminarlo? —añade.

     —¡Claro! —«esto cada vez se pone mejor», piensa el monstruo.

     —Ahora vamos a añadir algunas flores —dice señalando el florero vacío.

     En el momento en que escucha la palabra ‘flores’ N.º 4 se sobresalta.

     —¿Flo, flo,.. flores? —tartamudea el bicho.

     —Coge detrás de ti ese ramo de rosas y ponlas dentro del jarrón —le indica intentando contener la risa.

     El colorido ser traga saliva. ¡Él no quiere saber nada de flores! Cuanto más lejos mejor.

     —¿Es necesario? —pregunta angustiado— Podríamos dejar el florero así, vacío. Se ve más interesante. Con personalidad —propone esperanzado.

     —N.º 4… —dice mirándolo fijamente con las manos en jarras.

     —Vaaaaleee —y sin darse la vuelta tantea con su garra. Sabe que detrás suyo, además del dichoso ramo, está el florido jardín con esas coloridas, dulces y tentadoras flores. ¡Qué suplicio! Al fin, siempre sin mirar, logra tocar el paquete de rosas.

     Lo coje. Lo mira con ternura.

     Siente que la boca se le hace agua.

     Traga con dificultad y en un último esfuerzo se lo entrega a Ágata.

 

     —Muy bien N.º 4. Prueba superada —le dice mientras acomoda las rosas dentro del jarrón —estoy muy orgullosa de ti —añade.

     N.º 4 también está orgulloso.

     De sí mismo, se entiende.

     —Ahora es tu turno —dice la niña mirando al gato.

     Mr. Churchill se levanta del taburete, se estira arqueando la columna y dando un ágil salto se sube a la mesa. Da un par de vueltas buscando una posición adecuada. Se echa a todo lo largo quedándose tirado sobre la mesa en una posición estática, con su negro cuerpo estirado a lo largo, la boca abierta, su lengua colgando de un costado y los ojos medio cerrados.

     N. º4 no sale de su asombro. ¡Es super raro!

     —Un bodegón es una reunión de objetos muy quietos ¿Verdad? —pregunta.

     —Correcto —confirma ella.

     —Sí, pero ¿y el gato? —pregunta señalando a Mr. Churchill— Se ha puesto a dormir arriba de tu bodegón.

     —Mr. Churchill ahora forma parte del bodegón.

     —¿Como una magdalena? —ríe el monstruo y luego señala— ¡Pero mira, mira, se ha movido! ¡El gato magdalena ha abierto un ojo!

¿Llamarme magdalena, ser inculto?

Yo soy la viva imagen de la gracia.

Semejante palabra es un insulto,

que ofende a mi felina aristocracia.

 

Si acaso he abierto un ojo, ser profano,

fue para ver tu panza de glotón,

temiendo que te comas, muy ufano,

el florero que adorna el bodegón —dice el minino.

     —Mr. Churchill forma parte del bodegón. Porque —le explica— un bodegón también se puede llamar ‘naturaleza muerta’ haciendo alusión a que las cosas que lo componen están inmóviles. Algunos pintores incluyen en sus cuadros piezas de caza o comida.

     —Entonces Mr. Churchill se supone que es un gato que han cazado y está preparado para asarlo con patatas? —pregunta divertido N.º 4.

     ¡Jamás seré el banquete de un ignorante!

¿Asarme a mí junto a patatas?

Semejante barbarie es indignante,

dicho por un gigante todo patas.

 

Yo soy un gran modelo de elegancia,

inmóvil sobre el plato de este arte.

¡Respeta mi figura y mi sustancia,

antes de que decida arañarte! Mr. Churchill replica molesto.

     —No, Mr. Churchill simula que es un conejo o una liebre —ríe la niña mientras se aparta de la mesa.

     Da un último vistazo evaluativo al conjunto.

     —Aquí hemos terminado —decide.

     —Ven, te voy a mostrar los cuadros de naturaleza muerta más famosos —añade alejándose de la mesa.

     Mr. Churchill salta al suelo y va detrás de ella

     N. º4 echa una mirada a las rosas. Suspira apenado mientras se aleja de ellas. ¡Qué desperdicio!

     Caminando otra vez de costado para evitar la tentación de mirar el jardín que tiene a su espalda, va detrás de los dos.

     Ya en la habitación de Ágata se sientan en la alfombra los tres y miran juntos un voluminoso libro de pinturas.

La niña va pasando las páginas lentamente.

     —Mira, este cuadro se llama «Cesta de frutas» y lo pintó un pintor italiano llamado Caravaggio —el cuadro es bellísimo y está pintado con gran detalle.

      Ágata pasa un par de páginas y se detiene en una con la ilustración de un hermoso bodegón.

      —¡Mira este cuadro Mr. Churchill! —exclama N.º 4— ¡Un primo tuyo con un pescado! —dice riéndose—. Jajaja Ya te gustaría zamparte ese pedazo de salmón —se burla.

      N.º 4 está intentando chinchar al minino.

Te ríes del festín con gran confianza,

moviendo tu contorno con fatiga,

mas basta con mirar tu enorme panza,

y el peso colosal de tu barriga.

 

Pareces, al andar, un gran baúl,

pesado y con un áspero rodar,

gigante de color, mi amigo azul,

tu hinchado abdomen tienes que bajar.

 

Arrastras por el suelo ese bandullo,

tu dieta de las flores se disipa,

y en vez de contemplarme con orgullo,

deberías mirar tu enorme tripa.

 

Por tanto, si te ríes yo supongo,

que olvidas el examen del doctor.

Te pesa demasiado ese mondongo,

¡y hueles a col fétida y girasol! —se mofa el gato.

     —Se llama «Bodegón de gato y pescado» y lo pintó Jean-Siméon Chardin. —dice Ágata intentando poner un poco de calma.

      —Y este otro es el famoso «Bodegón con cidras, naranjas y una rosa» de Francisco de Zurbarán

      ¡Una rosa!

      N. º4 opina que el cuadro es magnífico. Las cidras son perfectas. Las naranjas muy bonitas.

      ¡Pero esa rosa…! Esa pequeñita, blanca y seguramente dulce, tierna rosa… ¡Ay!

      Ágata se da cuenta del apuro que está pasando el glotón monstruo y sonríe divertida.

      —¡Mira esta pintura N.º 4! La pintó Clara Peeters y su título es «Bodegón con flores…» —. En la foto se ve un plato con dulces, en el centro una fuente con dátiles y frutos secos. En un costado una jarra metálica y detrás de esta un largo y fino vaso con un licor rojo.

      —Mírala con cuidado y dime que ves de particular en la pintura —le pide sonriendo.

      La mirada del monstruo comienza a recorrer la obra lentamente.

      En un instante su mirada se queda hipnotizada:  En el extremo izquierdo hay un delicado florero y dentro… ¡Un gran ramo de flores!

      N.º 4 ya no puede apartar la mirada. Hay rosas, tulipanes, lirios, jacintos, caléndulas…

      Su boca comienza a babear, su estómago gruñe.

      El pobre monstruo está sufriendo.

      Ella lo golpea ligeramente en un costado con el codo para sacarlo de su ensoñación y señalando a la pintura le dice:

      —Deja de mirar las flores N.º 4. Mira la jarra. En la jarra metálica, el reflejo permite ver el exterior del cuadro, donde se autorretrató la artista.

      Ágata sonríe maliciosamente.

      Le ha encontrado el punto divertido a todo esto y sigue adelante con la broma.

      Pasa apresuradamente varias páginas del libro y se detiene en una.

      —¡Mira este otro! Es el famoso cuadro «Flores en un jarrón de cristal» de Rachel Ruysch —le dice mirándolo fijamente. Sus ojos brillan traviesos.

      ¡Más flores! Ahora son suculentos tulipanes rojos y blancos, exóticos iris azules, irresistibles rosas blancas y rosadas, caléndulas anaranjadas, amapolas, anémonas, malvarrosas

      A N. º4 le da vuelta la cabeza. Intenta apartar la mirada de la imagen, pero no lo logra.

      Mr. Churchill, sentado tranquilamente, observa divertido.

      Ágata se lo está pasando en grande a costa de su colorido amigo.

      Ya no puede parar.

      Le muestra al sufrido monstruo:

      «El estanque de nenúfares» de Claude Monet. 

      N.º4 ya no puede más. Se levanta. Todo le da vueltas. Mire a donde mire ve flores, flores y más flores.

      Tambaleando sale de la habitación.

      Ágata y Mr. Churchill observan asombrados al monstruo alejarse.

      Se miran conteniendo la respiración.

      Cuando no pueden más estallan en sonoras carcajadas.

II

Al día siguiente de la broma N. º4 se encuentra a Ágata en la cocina.

     Se apoya tranquilamente en el marco de la puerta y observa en silencio a la niña.

     «¿Estará molesto por la broma de ayer?» —se pregunta ella.

     Levanta la mirada y lo ve mordisqueando un pepino.

     Finalmente, él se acerca.

     —Ágata, ¿por qué has colocado tres manzanas, una jarra, un florero con tres flores y seis magdalenas sobre la mesa?

     —Estoy preparando un bodegón —responde la pequeña, muy orgullosa.

     —¿Un bodegón? ¿Es una bodega pequeña? —pregunta para chincharla mientras muerde su pepino.

     —No. Aunque podríamos llenarlo de zumo de uva. —responde muy digna.

     —Entonces, ¿qué es?

     —Un grupo de cosas que se quedan muy quietas para que un artista pueda pintarlas —le resume ella.

     N. º 4 observa la mesa.

     —Las manzanas están quietas.

     —Sí.

     —La jarra está quieta.

     —Exacto.

     —Las flores también.

     —Son unas profesionales.

     N. º4 señala las magdalenas.

     —¿Y las magdalenas?

     —También están quietas.

     —Una de ellas se está moviendo.

     —¿Cuál?

     —La que tienes en la mano.

     Ágata azorada esconde la magdalena detrás de su espalda.

     —Esa no participa en el cuadro. Es mi ayudante.

     —Ágata, un bodegón es una obra de arte formada por objetos inmóviles. Pueden aparecer frutas, flores, platos, libros, juguetes o alimentos. ¿Verdad?

     —Correcto ¡Eso mismo iba a decir yo!

     —El artista los coloca como si estuviera preparando un escenario —continua N.º 4—. Decide cuáles van delante, cuáles detrás y desde dónde llega la luz.

     —¡Muy bien N.º 4! Eso es así, sin duda.

     —¿Puedo ayudarte?

     —¡Por supuesto!

     N. º4 cambia una manzana de sitio.

     —Esta será la protagonista.

     —¿Y la jarra?

      —La mejor amiga de la protagonista.

     —¿Y el florero?

     —El personaje misterioso que conoce un secreto.

     —¿Qué secreto?

     N.º 4 mira a ambos lados y susurra: —Sabe quién se está comiendo las magdalenas.

Ágata sonríe avergonzada.

     N. º4 cuenta las que quedan.

     —Antes había seis y ahora solo hay cuatro.

     —¡El misterio se complica!

     —No demasiado. Tienes chocolate en la cara.

     Ágata se limpia rápidamente con una servilleta.

     —Lo importante —dice— es que un bodegón puede contar una historia, aunque sus personajes no hablen.

     —Exactamente —responde N. º4—. Una taza a medio beber puede hacer pensar que alguien acaba de marcharse. Un plato vacío puede indicar que alguien tenía mucha hambre. Y unas flores marchitas pueden recordarnos que el tiempo pasa.

     —¿Y una bandeja sin magdalenas?

     —Puede indicar que cierta niña se ha comido el modelo antes de terminar el cuadro.

     Ágata contempla la última magdalena.

     —Será mejor que empiece a pintar enseguida. —dice un poco apurada.

     —Muy buena idea.

     —¿Puedo darle un mordisco para que el bodegón resulte más interesante?

     —No.

     —¿Medio mordisco?

     —Tampoco.

     —El arte exige unos sacrificios terribles —suspira Ágata.

     —Ni que lo digas —sonríe N. º4.

     —Así que ya lo sabes: un bodegón, también llamado naturaleza muerta, es una obra en la que aparecen objetos quietos, colocados con cuidado para jugar con las formas, los colores, la luz y las sombras.

     Ágata levanta el pincel.

     —¡Y el artista debe pintarlos antes de que le entre hambre!

     En ese momento, la última magdalena desaparece.

     —Ágata

     —¡Ha sido el personaje misterioso!

FIN